¿YO LOCA? ¡ELLOS LOCOS! (*)

¡Uf!, espera que me siente, aquí mismo… tenía tantas ganas de verte, querida mía, que he venido corriendo y ahora… ahora necesito recuperar el aliento…

Ya estamos en el lugar de costumbre, a la hora de siempre. Tú y yo juntas de nuevo, querida, a pesar de los años que hemos pasado separadas.

¡Te he añorado tanto! Desde que recuerdo has sido mi confidente, mi mejor amiga… y la ¡única! En el pueblo no me hacía con nadie, ya lo sabes… los adultos me compadecían o murmuraban; los muchachotes me tiraban cualquier cosa, al verme: si no había ninguna piedra a mano, un escupitajo servía; las otras niñas me ignoraban o se me reían en la cara. Hacían mofa de mis cabellos libres, los pies descalzos… Desde pequeña me ha gustado ir sin zapatos, sentir el calor o el frío del suelo, y ninguna estrechez. Sólo tú acogiste mis pasos desnudos sin aspavientos, acariciándome la piel, refrescándomela.

Porque no me herías y porque siempre estabas cuando te buscaba, te escogí como ¡amiga! Por eso sabes mis secretos…

Hemos compartido momentos de todo tipo, tú y yo, algunos de los que se borran con el paso del tiempo, otros de los que se graban a fuego en la memoria del corazón… A tu lado lo conocí. ¿Recuerdas la luz, el color de aquel día inolvidable? Tú lucías tranquila y yo te hablaba, paseando sin prisa. Entonces lo descubrí, inmóvil sobre las rocas. Y todo se removió dentro. No dije nada a ninguno de los dos. Sólo te sonreí. Tú me enviaba olas como risas cómplices y nos entendimos.

El primer día que entramos en contacto, sin embargo, tuviste un ataque de celos… ¡tienes que reconocerlo! Ya sólo apoyarme en él, nos salpicaste duramente. ¡No te lo reproché nunca!

Y cuando le hablé, finalmente… ah, esa tarde enmudeciste de repente: ni rumor de olas ni murmullo de salpicaduras, en silencio escuchando cada palabra que le dirigí a él, ¡descaradamente!

Tú eres el único testigo de nuestros encuentros, quien sabía de nuestra relación y de mis sentimientos: nadie más me habría entendido.

A la madre nunca le dije nada. Hacía tiempo que me miraba con temor y desconcierto, al igual que observaba de soslayo a la tía. Su hermana y yo nos parecíamos tanto… en todo… También le gustaba ir descalza y descabellada, también le decían loca en el pueblo… y cosas peores. La madre siempre me decía que no debía escuchar aquellas malas palabras ni repetirlas, así que no podía preguntarle qué significaban; adivinaba que nada bueno, sin embargo.

Antes de ella, le habían dicho loca a la abuela, aquella mujer que hablaba con los pájaros y, como ellos, necesitaba volar. Se tiró por el despeñadero, ¿recuerdas? Años después, la tía bailaba de noches: como la luna, bailaba desnuda, blanca y etérea, mientras reinaba la oscuridad. Algunos hombres del pueblo se escapaban de casa para admirarla, pero yo no podía seguirla: lo tenía tan prohibido como pronunciar aquellas malditas palabras.

La madre siempre ha sido mujer de pocas palabras, aunque menos de bailoteo y cantadas.

Cuando viene de visita al sanatorio habla poco; al verme caminar descalza, sólo sonríe con los ojos. Allí en la Casa Grande me dejan sacar los zapatos y patalear por la hierba del jardín, bajo los árboles; es agradable, pero no se puede comparar con caminar por la arena, escuchándote: ¡ésta es una sensación incomparable! Como la de contemplarte sin prisa… nunca he visto nada tan bello como tú, ¡mar querida!

dona a la platja

Él no era bello, no. A un hombre no le hace falta belleza, creo. Él era… firme… sólido… ¡escuchaba! Abrazarme a él me permitía soñar que podría resistir cualquier cosa: el embate del viento que quería hacerme despegar como una pluma o la atracción de la luna… Esto me enamoró de él: ¡su firmeza!, y su saber ¡escuchar!

¿Recuerdas los poemas que le escribía? y ¿como los recitaba, sentada a sus pies, temblando entera? Al sanatorio me los quitaron todos. Entonces me negué a comer. Para hacerme tragar algo me tentaron, me suplicaron, me amenazaron,… incluso se inventaron una mentira estúpida: me dijeron que él no existía, que sólo era una estatua, un monumento a los hombres marineros. Y que tú eres cruel… ¿Qué te parece?

En la Casa Grande, como en el pueblo, siempre me han tratado como una loca, nieta de chalada y sobrina de lunática, íntima amiga de la mar y estúpida enamorada de un hombre imposible, de un pescador de piedra que alguien colocó a su paso indefenso.

¿Yo loca? ¡Ellos son los locos, que no aman con locura la belleza ni son capaces de enamorarse de nada increíble!

(*) En castellà perquè és una de les llengües més riques, entre d’altres, per expressar finament i subtilment emocions, sentiments…

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Quant a Carles Mujal

"Escric perquè m'agrada escriure. Si no em semblés exagerat diria que escric per agradar-me a mi. Si de retop el que escric agrada als altres, millor. Potser és més profund. Potser escric per afirmar-me. Per sentir que sóc… I acabo. He parlat de mi i de coses essencials en la meva vida, amb una certa manca de mesura. I la desmesura sempre m'ha fet molta por". MERCÈ RODOREDA, PRÒLEG a MIRALL TRENCAT.
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